—Entonces era preciso no haberme precedido en él.
La respuesta fue clara y ceñida como un latigazo, y la joven y valiente miss que así defendía a su sexo fue saludada con un murmullo de discreta aprobación.
El conde se inclinó un poco pálido.
—He hecho mal, lo confieso—dijo no sin nobleza;—he pronunciado palabras inconvenientes, falta imperdonable en un viejo diplomático, y pido a usted que me dispense, señorita, dándole gracias por la lección... que no aceptaría de nadie más—añadió con altanería.
Quedaba terminado el incidente; pero no por eso dejó de reinar cierto malestar hasta que se marcharon los convidados. Al despedirse del conde, el notario Hardoin le dijo con bondad:
—Si tiene usted curiosidad de conocer la verdad sobre el capitán Raynal, señor conde, tómese el trabajo de ir el domingo a mi despacho; necesito justamente un testigo para un acta de adopción.
Cuando el señor Hardoin, que había acechado la salida del joven, aprovechó su ausencia para poner a su vecina al corriente de los hechos del día, Liette se quedó un instante pensativa y una sombra alteró la serenidad de su frente.
—Esto es lo que yo temía—murmuró.
—Aseguro a usted, querida amiga, que aquello fue para usted la ocasión de un verdadero triunfo. No hubo ni una nota discordante.