—¡Ay! sí, una sola, y lo deploro por él y por Carlos.

—Permítame usted que no me asocie a su pena en cuanto al primero. La impunidad de ciertos culpables me subleva, y es pan bendito cuando ellos mismos recogen varas para azotarse.

—Pero Carlos...

—¿Qué? ¿No contaba usted con aprovechar su presencia para decirle la verdad y regularizar su situación?

—Sin duda, pero no preveía tales complicaciones...

—Vamos a ver, mi prudente amiga, un poco de calma; no perdamos la cabeza sin ton ni son. El señor de Candore ha estado... torpe, por no decir más; ya ve usted si soy indulgente. Si se ha puesto en el caso de avergonzarse delante de usted y delante de Carlos, peor para él; será un castigo merecido.

—No es eso sólo, aunque sea en extremo penoso; pero temo...

—¿Qué?

—Todo. Carlos está celoso...

—¿Del conde? Yo hubiera creído lo contrario, y con razón... Miss Darling manifiesta tan claramente su preferencia, que no hay necesidad de ser gran psicólogo para leer en su corazón...