—¡Y él! Carlos no piensa más que en ella; por esto quisiera evitar a toda costa un escándalo lamentable... Sin esa funesta rivalidad, ¿quién sabe? El conde no está absolutamente desprovisto de buenos sentimientos... Es libre, rico...

—¿En qué piensa usted, querida amiga?

—En la felicidad de Carlos.

—¡Usted, que no quería compartir sus derechos con nadie, ni siquiera conmigo!...

—¿Y no había en eso un poco de egoísmo? Hay que querer a los hijos por ellos, no por uno mismo. Si él tuviese una fortuna, un nombre...

—Pronto tendrá legalmente el de usted, y es demasiado ahijado mío para no preferirlo a cualquiera otro. En cuanto a la fortuna... no creo faltar al secreto profesional confiando a usted que hay alguien que se interesa por él... y le asegura en su testamento una honrosa medianía... sin perjudicar a nadie... Esa es la ventaja de ser soltero.

Liette, enternecida, le estrechó silenciosamente la mano.

—¡Bah! nada de emoción—dijo el notario con expresión de mal humor;—eso me quitaría el apetito y acaso perturbara al muchacho, que probablemente no sospecha nada y va a venir a comer según costumbre.

Sin embargo, él tampoco estaba muy tranquilo, y cuando vio al fin a su ahijado, ahogó un suspiro de alivio.

Carlos estaba tranquilo, casi risueño.