—¿Tú quoque, padrino?—exclamó con alegría un poco forzada.—Todo el pueblo se había dado cita en nuestra humilde casa, y usted sólo faltaba. La verdad es que le estaba a usted esperando con una delegación de los bomberos. ¿No es usted su capitán honorario?

—Sí, búrlate, mal muchacho. No se hará jamás bastante público homenaje a la que tienes el honor de pertenecer...

—Ciertamente—respondió Carlos con voz un poco alterada.

Mientras Hardoin, muy verboso, se metía en una larga digresión sobre un proyecto de fiesta del «Mérito modesto», generalmente desconocido, Liette seguía con mirada inquieta al joven, que iba y venía en el comedor como si no pudiera estarse quieto.

—¿No me había usted dicho que iba el domingo a Argicourt, padrino?—preguntó de repente, cortando un período que ni siquiera había oído.

—¿A Argicourt?... ¡Ah! sí, perfectamente. Un arriendo que renovar.

—Si usted no tiene inconveniente, aprovecharé su coche para hacer la visita de despedida al castillo.

—Concedido, ahijado; si eres bueno, tú guiarás a la Gris.

Carlos se rió al recordar aquel tiempo ya lejano, y durante toda la comida se complació en recordar los hechos de su primera infancia con una animación un poco fingida en la que se descubría un poco de melancolía.

Cuando por la noche acababa de meterse en la cama, llamaron suavemente a su puerta. Era la tía Liette con su candelero en la mano...