—Esta noche no me has dado un beso, hijo mío—dijo medio en broma, medio regañando;—sabes que cuando eras pequeño, eso era mala señal; alguna tontería o alguna pena que ocultarme. No querías mirarme de frente porque decías que leía en tus ojos...
Y apoyándose en la almohada, preguntó en tono risueño, desmentido por su acento angustiado:
—¿Tontería o pena, hijo mío?
—Ni lo uno ni lo otro, tía Liette—respondió Carlos en un relámpago de orgullo.
Liette no insistió, y después de rozar su mejilla con un beso maternal, se retiró sin decir una palabra. Pero la bujía temblaba en su mano y las gotas de cera caían a su paso, pesadas y cálidas como lágrimas.
La Gris, con su apacible trote, llevaba por el camino brumoso al anciano y al joven igualmente preocupados... Para engañarse mutuamente hablaban de cosas indiferentes con animación ficticia, pero sus pensamientos estaban en otra parte. Carlos se representaba la escena del día anterior, cuyo relato le había sido fácil obtener de algunos vecinos labradores, y subíanle al rostro vapores de cólera. A cada paso tiraba de las riendas nerviosamente, con gran escándalo de la buena yegua, acostumbrada a más consideraciones.
—Trae muchacho—decía entonces el notario,—los militares tenéis la mano dura.
¡Dura! nunca lo sería bastante para castigar al que se había atrevido a tocar a la tía Liette. Rivalidad, celos, todo estaba olvidado y arrebatado por el viento del ultraje hecho a su madre adoptiva, sacrilegio al lado del cual parecía todo mezquino y pueril a su culto filial. En aquel momento era hijo, nada más que hijo, y si de vez en cuando una blanca silueta que flotaba ante sus ojos endulzaba un poco su brillo metálico, era que le agradecía el haber ocupado tan bien su lugar.
El notario iba pensando en esa justicia inmanente, para la cual no hay prescripción y que obliga, un día u otro, al deudor insolvente a remover las cenizas del pasado en que debe encontrar el pagaré en descubierto.