—Vamos a ver, amiga mía, ¿tienes más confianza en Hardoin que en mí?

Juana rodeó con sus brazos el cuello de su marido en un impulso desesperado, y exclamó:

—No, Raúl, quiero creer, creo en ti... Si no creyera me moriría o me volvería loca.

Alarmado por su exaltación, el joven trató de calmarla con frases cariñosas y palabras tiernas, acaso sinceras, pues era ante todo el hombre del momento y la pobre criatura hubiera conmovido a un corazón de piedra.

—Tranquilízate, mi querida Juana. Es una prueba momentánea, una separación muy corta seguida de una eterna unión y de una dicha sin nubes. Por mi parte me resigno fácilmente a separarme ahora de ti, pensando que también se separa otro...

—¿Tengo realmente la felicidad de que estés celoso?

—¡Lo confieso con rubor! Me hace daño el ver sin cesar a mi tío pisándote los talones.

—Te engañas, Raúl; te juro que el señor Neris no me ha mostrado jamás más que una benevolencia paternal.

—¡Hum!... En fin, habrá perdido el tiempo, y por mucho que digan, mal de muchos...

Raúl había eludido hábilmente la cuestión, y la pobre niña, engañada con aquellos fingidos celos, no pensó más que en justificarse, olvidando sus propias ofensas y sus secretas aprensiones.