—¡Oh! tía Liette, tía Liette...

Y rompió a sollozar... Aquel era el peligro previsto y temido; la hija del comandante encontró toda su energía para hacerle frente.

—Vamos a ver, hija mía, ¿qué hay?—preguntó con su dulce firmeza.

—¡Va a batirse!

La joven, tímida, no se atrevía a pronunciar su nombre; pero no había necesidad.

—¡Oh! los presentimientos de las madres...

—¿Está usted segura? ¿Quién se lo ha dicho a usted? ¿Cuándo? ¿Cómo?

—Va usted a oír, tía Liette... ¿Me permite usted que la llame así?... Eso me tranquiliza... Tengo el corazón tan oprimido...

—Sí, querida hija mía; vamos, tranquilícese usted y hable pronto.

—Hoy ha venido a despedirse, pero estaba muy cambiado, muy distraído, muy preocupado... apenas me miraba...