—¡Oh! eso es grave, hija mía—dijo la tía Liette sonriendo a pesar de su tristeza.

—¿Verdad que sí?—respondió cándidamente la joven miss.—Así fue, que cuando el señor de Argicourt fue a acompañarle, los seguí con disimulo y me puse a escuchar... Sé que hice mal, tía Liette...

Liette le estrechó la mano, como para animarla.

—Entonces, le oí rogar a su antiguo compañero que le sirviese de padrino en un lance de honor... a propósito de unas palabras... que usted ignora sin duda, tía Liette...

La anciana movió la cabeza.

No, no ignoraba nada, ni el ataque ni la defensa, y una presión significativa de sus temblorosos dedos dijo su tierno agradecimiento hacia su valiente campeón.

—En una palabra, el señor de Argicourt y el señor de Estry deben de estar en este momento en casa del señor de Candore para pedirle una satisfacción.

—¡Oh! Dios mío.

—Y he tenido miedo, yo, tía Liette, que no soy sin embargo, una mujerzuela y comprendo muy bien que un oficial... En su lugar, hubiera hecho lo que él... Dios protegerá el buen derecho, ¿verdad? Pero por mucho que me repito todo esto, tengo miedo, tía Liette, y he venido a usted, que es tan fuerte y tan poderosa, a pedirle un poco de su fuerza y de su valor... Y es que le amo, tía Liette... No debía decir a usted esto... pero nunca he tenido madre...

Y ocultó la cara, que se enrojecía bajo las lágrimas como una rosa bajo el rocío, en el seno de la anciana enternecida por esta ingenua declaración.