—Tranquilícese usted, hija mía; ese duelo no puede verificarse y no se verificará...
—¿Quién podrá impedirlo?
—Yo—respondió tranquilamente la tía Liette.
El despacho presentaba una animación inusitada. Los ruidosos dependientes charlaban a más y mejor a pesar de las llamadas al orden del principal, un poco distraído él también de su importante tarea. Desde aquella mañana el notario tenía la cara de los grandes días y no hacía más que abrir la puerta de su despacho para dar órdenes. Y todo se volvían idas y venidas del despacho al Correo, por fortuna próximo, como decía el aprendiz, que de otro modo hubiera estado cocido en obra. Después había empezado el desfile. Primero el señor Darling y su sobrina, que habían tenido una larga conferencia con el notario. Después había sido introducido el capitán Raynal y ahora estaban esperando al señor de Candore.
¿Qué significaba todo aquello?
Un contrato de matrimonio, evidentemente.
¿Pero con quién?
¿Con el oficial o con el diplomático?
—Su corazón se columpia entre los dos—exclamó el aprendiz acechando desde la ventana la llegada del conde.