—¡Silencio!—mandó de nuevo el principal.
—Usted, que es un hombre de peso, ¿cuál es su opinión?
—Mi opinión es que no la tengo, querido Candore. Evidentemente, un simple oficial de fortuna no debía pesar en la balanza al lado de un personaje de la importancia del señor de Candore, noble, rico e influyente.
—Un poco farsante—dijo el incorregible empleado.
—Pero el corazón de las mujeres es un abismo insondable—dijo el primer dependiente con aire doctoral,—Josefina prefirió Bonaparte a Barras.
—Y no anduvo descaminada.
—¡Silencio! Ahí está Barras.
Entraba el conde, frío y altanero según su costumbre.
El principal se levantó con deferencia para introducirle en el despacho del notario, a quien encontró solo con gran asombro suyo.
—¿Dónde diablos se han metido los otros?