—Puede que en algún armario—dijo el joven Candore, que había estado en París y se jactaba de conocer las piezas de Hennequín.

Pero se calló porque la señorita Raynal entraba a su vez en el despacho.

—El señor Hardoin está ocupado, señorita.

—Lo sé, me está esperando...

La puerta se había abierto, y el notario dejaba paso a Liette, con gran asombro de los pasantes.

—Amigos míos, esto huele a quinto acto—exclamó el supuesto «boulevardier».

El conde no había acudido a la cita del notario sin una secreta aprensión. Un poco molesto ya por la querella que se había buscado con su inexcusable intemperancia de lenguaje, y en la que veía que no era el suyo el mejor papel, estaba de un humor execrable y arrugaba nerviosamente la esquela tan lacónica como urgente llevada al castillo.

—¿Qué diablos puede quererme?—murmuraba entre dientes.

—Lo mejor es ir a verlo—dijo sencillamente su tío.—Hardoin es demasiado formal para molestarte sin motivo serio.

—¿No te figuras tú lo que es?