—Es posible—respondió gravemente el anciano.

Raúl se le quedó mirando con cierta alarma. Cuando se es heredero, las menores palabras tienen su importancia, sobre todo si se trata de notario. Raúl se daba cuenta de que el señor de Neris no tenía por qué elogiarle, ni como sobrino ni como yerno; sus veleidades matrimoniales habían hecho quizá rebosar el vaso. Al llegar a la cita iba mascullando estas ideas, pero al ver a la empleada de Correos cambió de repente de pensamiento.

¿Habría tenido noticias del encuentro proyectado?

¿Era aquello un lazo?

¿Iba a sufrir súplicas y reproches?

¿Le preparaba alguna escena de melodrama aquel imbécil de Hardoin?

No le faltaba más que ese ridículo.

Presa de una viva irritación, saludó con tiesura y se puso a la defensiva.

—Señor conde—comenzó el notario en tono ceremonioso,—he rogado a usted que pasara por mi despacho para una comunicación urgente de parte de esta señorita.

Raúl le interrumpió con mucha sequedad: