—Basta, señor Hardoin, sé de lo que se trata.

—No creo.

—Y me va usted a permitir que le diga que su papel en este negocio me parece un poco inoportuno. No es propio de un notario desfacer entuertos y representar a Don Quijote...

Y dio un paso hacia la puerta.

El notario extendió la mano con autoridad.

—Perdóneme usted, señor conde, pero no creo tener que aprender los deberes que ya ejercía con honor cuando usted estaba en la cuna.

—Sí—dijo el conde un poco dulcificado;—sé que es usted un antiguo amigo; pero hay cuestiones que no son de su competencia. Si se tratase de un acta notarial, en hora buena.

—No se trata de otra cosa—declaró Hardoin sencillamente.

Raúl se detuvo desconcertado. Ya no comprendía.

—He aquí los hechos—expuso metódicamente el notario.—La señorita Raynal aquí presente, recogió, hace cerca de veinticinco años, a un niño huérfano de madre y abandonado por su padre. Esta señorita le prestó su nombre, pero hoy quiere dárselo legalmente y ha creído, por consejo mío, que debía consultar con usted previamente.