La puerta de la izquierda se había abierto a su vez, y Eva se adelantaba valientemente hacia el joven admirado.
—Me ha declarado usted—le dijo,—que no pediría jamás la mano de una heredera, capitán; soy yo quien pide la de usted...
Y mientras Carlos, loco de amor, se atrevía apenas a estrechar aquella manita adorable, que se entregaba espontáneamente a él, Eva rodeó con el otro brazo el cuello de la solterona enternecida y dijo cariñosamente:
—Usted quería adoptar un hijo, tía Liette; adopte dos... Tiene usted el corazón bastante ancho para ello.
FIN