—Ya ha oído usted, capitán; usted es quien debe decidir...

Al ver a aquel guapo y altivo oficial que era su hijo, el conde experimentó una sensación desconocida, un irresistible impulso de orgullo paternal. Dio un paso adelante con los brazos abiertos, pero Carlos se inclinó, muy pálido, y dijo con voz ahogada:

—Caballero, no puedo ya pedir a usted reparación ni quiero aceptar ninguna. Mi madre ha muerto; procuraré olvidar el nombre de su verdugo, lo que quiere decir que no puedo llevarle. Y, con una especie de violencia, atrajo hacia su pecho a la tía Liette desfallecida.

—Tú, que me lo has dado todo, dame también tu nombre; ten la seguridad de que no seré ingrato.

El señor de Candore sintió que le subía a la cara una oleada de sangre; pero la conciencia de su culpa pudo más que su orgullo herido.

—He merecido esto, y no puedo quejarme ni vituperar a usted, caballero... Pero a usted me dirijo, señorita; abogue por mi causa, que es también la suya... Conozco sus esperanzas, y puedo ayudarle a realizarlas... No me niegue usted esta satisfacción, la única que conviene a mi edad.

—¡Es verdad!—dijo Liette turbada;—reflexiona; hijo mío... ¡La amas tanto!

Carlos cerró los ojos para huir de la visión tentadora.

—No—respondió con energía,—no quiero la dicha a ese precio...

—Y yo no quiero llamarme la señora de Candore, sino la señora de Raynal...