...Aquella era la venganza de Liette.

Había ahorrado lágrimas a Blanca; y a Raúl el escándalo, a costa de una falta profesional, duro sacrificio para aquella hija de soldado, esclava de la disciplina.

Había salvado a la madre de la desesperación y a su hijo del abandono; gracias a ella, la pobre abandonada se había extinguido suavemente, sin odio y en la paz del perdón, encomendando su alma a Dios y su hijo a Liette, y durmiéndose confiando en los dos...

Su confianza no debía ser defraudada. Sin vacilación ni desfallecimiento, Liette había recogido esa pesada herencia; había reemplazado al padre desertor, había abierto al huérfano sin familia su puerta, sus brazos y su corazón; había hecho de él un hombre, y ya que no la vida, le había dado su alma.

Y había hecho eso sencillamente, sin cuidarse de las falsas interpretaciones ni de los comentarios injuriosos que pudiera provocar su conducta, y era tal la fuerza de aquella apacible virtud y de aquella incomparable dignidad, que en el círculo estrecho y malévolo de las comadres de provincia, ni una palabra, ni una insinuación la habían rozado. ¡Había sido preciso que fuese Raúl!... El... ¡Oh!.

Aterrado por aquella revelación repentina que hacía vibrar las fibras embotadas de su corazón ya seco, el noble, tan frío, tan correcto de ordinario, cedió a la influencia generosa del momento con el impulso de la primera juventud y confesó sus faltas, sus penas, sus remordimientos, acusándose con una vehemencia en que entraba un poco de fatuidad de haber hecho dos desgraciadas: Juana y Liette.

Bajo las cocas argentinas de la solterona se deslizó una débil sonrisa.

—Tranquilícese usted, señor conde, al menos en cuanto a la última—dijo con sencillez.—He amado mucho, apasionadamente, puedo confesarlo a mi edad... Pero el hombre a quien he amado no es usted. Era un príncipe encantado, creado completamente por mi imaginación de colegiala retrasada que pide demasiado a la vida, porque la ignora... Yo no tenía, sin embargo, esta excusa... Hoy, dispuesta a bajar la otra vertiente, me detengo un instante en la cima de la colina y no siento en mí ni cólera, ni amargura, ni pena, pues entre las piedras y las malezas he encontrado algo mejor que la florecita azul con que sueñan las jóvenes, he encontrado el reflejo de cielo que Dios pone en la mirada de los niños... Creo que había nacido para eso; no puedo guardar a usted rencor por haberme dado un sobrino que ha realizado todas sus promesas de usted y cumplido todas mis esperanzas. Las cualidades imaginarias de que yo dotaba a mi héroe, él las tiene realmente, y le debo tantos goces que casi tengo que estarle a usted agradecida.

—Debemos estárnoslo el uno al otro—dijo el conde profundamente conmovido,—por lo que ha hecho usted y por lo que quería hacer aún. Pero es a mí a quien corresponde ofrecer a usted y a él la única reparación posible. Ha redactado usted un acta de adopción, señor Hardoin; no tiene usted más que cambiar una palabra. Yo dejaré a mi hijo mi nombre y mi fortuna.

Esta vez fue Liette quien palideció. Había, sin duda, deseado ardientemente esta solución justa y natural en interés de su hijo adoptivo, y sin embargo... En el dolor atroz y profundo que le retorció el corazón e hizo brotar las lágrimas en sus ojos comprendió la feroz sublevación que se apodera de las madres a quienes se arranca su hijo. El notario, sin responder, abrió la puerta de la derecha.