Por el contrario, el segundo, al que la condesa llamaba siempre «mi querido tabelión» con cierto aire de protección, olvidando que el abuelo Neris había sido jardinero en casa del abuelo Hardoin, era, a pesar de sus patillas grises, un cincuentón tan verde de espíritu como de cuerpo y cuyas respuestas, de una bondad maliciosa, hacían a veces rechinar los dientes como una manzana agria. Rara vez, y por mil razones, estaban los dos de acuerdo, y la diversión favorita de Raúl era hacerlos regañar sobre un asunto cualquiera y ver la cara asustada del cura ante las réplicas agridulces del notario.
Aquella noche, mientras tomaban café en el terrado adornado de naranjos y adelfas y Blanca descifraba en el piano un nocturno de Chopin, estaban discutiendo la cuestión de una nueva institutriz y la de Candore se quejaba vivamente de la dificultad de hallar una reemplazante para miss Dodson.
—Observo, señora condesa, que pasa con esa como con las otras—hizo observar tranquilamente el notario tomando un polvo de rapé;—siempre las echa usted de menos cuando se han marchado, y tiene usted razón.
—Permítame usted no ser absolutamente de su opinión—dijo tímidamente el cura;—esa joven, seguramente apreciable, tenía un defecto capital para una familia católica: su herejía.
—¡Bah! no era por Blanca por quien era de temer su influencia—murmuró el notario con expresión de duda echando una mirada al tío y al sobrino que estaban fumando apoyados en la balaustrada.
—¿A quién se lo cuenta usted, mi querido tabelión? Eso es lo que hace ser mi elección tan delicada. La fealdad es generalmente desagradable y limitada; la vejez maníaca y enfermiza; en cuanto a la juventud... soportable, el ensayo no me ha salido muy bien.
—Tú ves el mal en todas partes, Hermancia—dijo Neris sin volverse.
—Lo veo donde está, y, desgraciadamente, tú no me dejas equivocarme.
—¿Acaso esa señorita ha dado lugar a la maledicencia?—preguntó el cura alarmado.
—Nada de eso, señor cura; su alejamiento es una simple medida de prudencia en su propio interés.