El señor Neris se encogió de hombros con impaciencia. Raúl siguió fumando con una flema enteramente británica.
—En una palabra, está usted sin institutriz y le hace falta una.
—No veo la necesidad—interrumpió Blanca que, después de dar precipitadamente el último acorde, había abandonado el instrumento de su suplicio y venía a tomar parte en la conversación.
—Desgraciadamente, tú no tienes voz en el capítulo, hermanita.
—Ni tú tampoco. Testigo miss Dodson, a la que no podías sufrir.
—Lo confieso.
—¿Y usted, señorita?
—Yo estaba bien dispuesta para con ella; pero parecía un poco envidiosa... sin duda porque yo no tenía anteojos.
La joven se echó a reír agitando los rizos que revoloteaban en torno de su frente.
—¿No siente usted, entonces, que se haya marchado?