—Realmente, sí. Se sabe lo que se deja, pero no lo que se toma; y ya que mi querida mamá no me juzga capaz de gobernarme yo sola...
—A los dieciséis años es un poco pronto, querida.
—¡Bah! la edad no importa nada. Estoy segura de que haría menos disparates que Raúl, ¿verdad, señor Hardoin?
—Me recuso, señorita, aunque tengo gran confianza en su alta sabiduría.
—Si es para usted un cuidado tan grande, señora condesa, ¿por qué no pone usted a la señorita Blanca en el Sagrado Corazón de Noyon?—propuso el cura.
—¿Por qué no en la escuela? Eso no es amable, señor cura... ¿Quién iba entonces a azucararle a usted el café?
—Crea usted, querida señorita...
—Por otra parte, yo me opondría formalmente,—declaró Neris con calor;—esta niña no se ha separado nunca de nosotros y no es ahora, cuando su educación está casi acabada...
—¡Bravo, tío! En primer lugar, no podrías pasarte sin mí.
—¡Querida niña!