—Es ya tarde, en efecto, señor cura, para someter a Blanca al régimen del colegio, que al lado de ciertas ventajas, presenta serios inconvenientes desde el punto de vista de las maneras y de las compañías. Y, sin embargo, esta niña está un poco sola y necesitaría una amiga más que una maestra, aunque no fuera más que unas horas al día...

—Es lástima, mamá, que no vivas en la ciudad—insinuó como al descuido Raúl:—allí encontrarías fácilmente una institutriz que, sin vivir en casa, iría a dar a mi hermana unas cuantas lecciones ya muy suficientes.

—Ese sería el ideal.

—Desgraciadamente, en un agujero como éste es imposible.

—Se engaña usted, señor conde.

—¿Cómo es eso?

—Tiene usted a mano el ideal soñado, señora condesa. La nueva empleada de Correos, provista de todos los diplomas, tiene la intención, según me ha dicho, de utilizar las horas que tiene libres, y hasta me ha rogado que le busque discípulas en Candore o en los alrededores.

—¿Verdaderamente?—dijo el conde haciéndose el asombrado como si no hubiera visto con sus propios ojos el letrero pegado al cristal del Correo:

LECCIONES DE PIANO
DE INGLÉS Y DE FRANCÉS

—¿Es persona recomendable?—preguntó la condesa.