—Ciertamente, y de las más interesantes—respondió el notario;—mantiene a su madre con su trabajo y merece la estima de todos.

—¡Qué calor, querido Hardoin!—dijo Raúl riendo.—¿Será capaz de hacerle a usted renunciar al celibato?

—¡Oh! yo soy como el señor cura; me limito a casar a los demás.

—¿Es bonita?—preguntó con curiosidad la muchacha.

—No la he visto todavía—respondió el joven diplomático con un soberbio aplomo.

—Es muy distinguida—dijo el notario.

—Y tiene además un aspecto modesto y decente—apoyó el cura.

—¿Cómo se llama?

—Julieta Raynal; su padre era oficial superior.

—¿Raynal?... Espere usted, he conocido un capitán de ese nombre en un viaje a Argelia... y una vez hasta me salvó la vida...