La pobre Juana lo había experimentado duramente.

Es justo reconocer que si la noble dama temía en su hijo un amor naciente causado por el azar de un encuentro fortuito, estaba lejos de suponer la gravedad de su conducta y de saber que era a su mujer legítima a quien había logrado introducir bajo el techo materno en calidad de institutriz.

Locamente enamorado y con una ligereza que no podía compararse más que con su inconsciencia, había determinado a la joven inglesa a casarse clandestinamente con él al salir de Londres, matrimonio facilitado por las leyes de la libre Inglaterra, pero absolutamente nulo en el continente. La cándida miss se había fiado de su palabra, que él tenía acaso entonces intención de cumplir, y, para captarse las simpatías de su futura suegra, había aceptado el papel dictado por aquel a quien consideraba como su legítimo dueño y señor ante Dios y ante los hombres.

Hemos visto lo que había resultado.

Después de una luna de miel que debía ser eterna y que ya se había ido a reunirse con las lunas pasadas, el conde, cansado de aquella gran pasión, importunado por aquel amor de que él no participaba e irritado por las dificultades crecientes de aquella situación imposible que él mismo se había creado, agradeció a su madre que le sacase de ella bruscamente por un acto de rigor en el que él no tenía que hacer más que lavarse las manos, y había saludado como un verdadero alivio la libertad reconquistada en el momento preciso en que se dibujaba en su horizonte de desocupado una nueva aventura llena de atractivos.

—¡Qué gran mujer es mi señora madre!—se decía in petto con una mezcla de gratitud y de admiración.

Desde los primeros días Liette había producido una profunda impresión en aquel espíritu frívolo, superficial y estragado. Aquella belleza pálida y severa, de facciones regulares, de austera sencillez y de aspecto modesto y digno, era para él una novedad comparada con las muñecas de caritas sonrosadas y peinados estrepitosos, con aspecto atrevido o lánguido que había tratado hasta entonces y entre las cuales estaba comprendida irreverentemente la pobre Juana con su encanto de linda rubia.

Raúl había decidido, después de un simulacro de asedio, dar inmediatamente el asalto, pero conoció que se trataba de un adversario temible, y esta dificultad inesperada estimuló su ingenio y su corazón.

En amor sobre todo, los obstáculos dan más precio a la victoria. Como dice muy ingeniosamente Gondinet:

«Sin la alondra, Romeo se hubiera dormido... y Julieta también.»