Al revés que con la sentimental y lánguida inglesa, crédula e inocente como un niño, subyugada por su irresistible vencedor y adorándole como a un dios, Raúl se veía esta vez en presencia de una fuerza real, de un carácter firme, viril y enérgico, templado en la dura escuela de la desgracia. Tuvo, pues, que establecer sus paralelas con la ciencia de un antiguo estratégico y el ardor de un joven neófito, avanzando a pasos contados para no asustar al «pájaro rebelde» pronto a volar a la primera demostración un poco viva.

Era el medio más largo, pero el más seguro, pues Liette no podía alarmarse por una conducta tan cortés y correcta, a no ser una coqueta farsante o una ridícula mojigata.

Raúl le mostraba un respeto caballeresco y evitaba cuidadosamente esa galantería trivial y esas atenciones indiscretas a que su situación la exponía, y se lo agradecía infinito. El joven reservaba todas sus atenciones para la señora de Raynal y todas sus felicitaciones a Blanca, y ese homenaje indirecto al mérito de la institutriz y a su abnegación filial valía más que la más delicada adulación.

—¡Qué metamorfosis en mi hermana!—decía algunas veces.—¿No le parece a usted, señorita? Hasta aquí no era más que una niña.

—A los dieciséis años era más que su derecho, era su deber, caballero.

—Sin duda, pero la gracia puede aliarse con la seriedad. Hasta los quince años se es una niña, de quince a treinta una joven.

—Y hasta una solterona...

—Es usted severa, señorita. Mi tío, que apenas se considera como un soltero maduro...

—Anda, sobrino, no te quedes corto.

—Dispensa...