—La verdad, no se atreve ya una a expresar el menor deseo—suspiraba la buena señora encantada columpiándose con un gozo de niña mientras el conde la abanicaba gravemente con un marabú.

Acaso el papel de Raúl no era el más agradable y hubiera él preferido el de Blanca, que acompañaba generalmente a su amiga y se esforzaba por consolarla mientras él divertía a la madre. Pero hubiera sido imprudente invertir los papeles y el provecho hubiera sido menor.

En efecto, la abnegación de Raúl no era perdida. Aquella ingrata tarea debía producirle grandes intereses, y cuando la de Raynal le proclamaba irresistible, estaba muy cerca de la verdad.

A la dolorosa angustia que le oprimía el corazón se mezclaba en Liette un sentimiento muy dulce del que no pensaba en desconfiar ni en defenderse; era el agradecimiento y nada más...

El médico del pueblo se mostraba poco tranquilizador.

—No hay atacados órganos esenciales—diagnosticaba,—pero todo el organismo está alterado. Haría falta una energía moral que nos falta completamente, lo que nos entrega atados de pies y manos a lo desconocido.

Mandaba tónicos, un régimen fortificante, ejercicio y aire libre, pero la enferma no quería oír hablar de nada de esto y declaraba que la vista de una chuleta le daba náuseas y que el más corto paseo la mataría seguramente.

Liette, desolada, pensaba ir a Amiens a consultar al doctor Duplan, joven profesor ya famoso en la región y condiscípulo del señor de Candore, pero ante la idea de semejante viaje la enferma ponía el grito en el cielo.

—Te lo ruego, hija mía, déjame morir en paz—repetía en tono doliente:—creo que no pido mucho.

Lágrimas, razonamientos y súplicas, todo fue inútil. Liette estaba desesperada, cuando una mañana se presentó Raúl en el correo con el sabio médico.