—Mi amigo el doctor Duplan, que viene a pasar unos días en el castillo, invitado por mí, tendrá mucho gusto en ponerse a la disposición de usted. Espero que nuestra querida obstinada no se negará a recibirle.
Esta vez el corazón de la joven se fundió ante la ingeniosa delicadeza del procedimiento y, en un impulso espontáneo, ofreció las dos manos al diplomático.
—¡Es usted bueno; gracias!—dijo con las lágrimas en los ojos y una mirada tan elocuente que el médico se quedó deslumbrado y no pudo menos de decir a su amigo cuando salían:
—Querido amigo, una mirada semejante vale más que los honorarios.
El sabio fisiólogo había conocido a primera vista una de esas enfermedades de languidez en las que la inercia del enfermo paraliza los esfuerzos del médico y en las que el abatimiento moral hace inútil la ciencia más profunda.
—Tendrá usted que usar de toda su influencia, señorita, para galvanizar esta energía que se apaga. La distracción de un viaje y el aire puro y vivificante del mar tendrían acaso un efecto saludable.
La cosa presentaba numerosas dificultades, pero todos se emplearon en suprimirlas. El señor Hardoin, en relación con el director de Correos del departamento, obtuvo fácilmente una licencia de un mes. Neris, gran accionista de varias compañías, sacó un doble permiso de circulación gratuita. En fin, para evitar a la enferma la promiscuidad penosa del hotel, Blanca le ofreció amablemente una deliciosa quinta que llevaba su nombre, que su tío había hecho edificar para ella en Saint-Pair, en el camino de Granville, y a la que la familia debía ir en el mes de agosto.
Raúl se reservó la misión ardua y delicada de arrancar el consentimiento de la principal interesada, pero la cosa fue más fácil de lo que se suponía. La de Raynal, refractaria a un corto viaje a Amiens, se dejó seducir por la perspectiva de una expedición elegante, rodeada de un lujo y de unas comodidades que halagaban su orgullo de niña mimada, y el joven agregado de embajada obtuvo un éxito de buen agüero para su carrera diplomática.
El carruaje dejó las calles tortuosas de Granville y tomó el camino de Saint-Pair.