—¡Todavía una hora!—exclamó el conde consultando un bonito reloj de caza.
—¡Más de una hora!—suspiró la joven inclinándose con un ademán lleno de gracia hacia el niño, cuya pura frente se humedeció con una perla que le hizo fruncir la bonita nariz como un gatito molestado por una mosca. ¡Qué hermoso es! Y cómo se parece a ti...
Raúl se encogió de hombros irreverentemente.
—Palabra de honor, Juana, creo que estás loca. Todos los recién nacidos se parecen entre sí mucho más que a sus autores; pero tú eres tan romántica...
—¿Yo?
—¡Pardiez! Ha sido disparatada esta idea de dejar Londres en vísperas de ir yo, para venir a instalarte aquí con el pretexto de que se ven las costas de Granville...
—Eres injusto, amigo mío; yo no podía esperar indefinidamente un regreso siempre diferido cuando el médico juzgaba a nuestro hijo enfermo y mandaba el aire del mar.
—Hay otras playas que no son Jersey, me parece. ¿Por qué no has ido a Brighton?
—Aquí tenía a mi antigua nodriza para ayudarme a cuidarle, y además...
—¿Creías que yo atravesaría todos los días a nado este brazo de mar, como atravesaba el Helesponto el bello Leandro?