—Te burlas, pero el respirar el mismo aire que tú, era también la dicha...

—Decididamente, querida, puedes dar cruz y raya a las sentimentales grisetas de Murger y no tienes ni pizca de ese espíritu práctico de que se jactan los hijos de la prudente Albión.

—Tienes razón, Raúl. De otro modo no hubiera soportado tanto tiempo esta situación intolerable, cuyo fin no veo, a pesar de tus promesas.

—¿Mis promesas?

—¿Soy tu mujer, sí o no?

—Montaigne diría: Quizá, y Rabelais: ¿Quién sabe?

—¡Raúl!

—¡Diablo! Inglaterra y Francia no están de acuerdo en este punto, como en tantos otros... Un simple aprendiz de diplomático no puede cortar el nudo gordiano tan fácilmente como Alejandro.

—Me has engañado indignamente.

—Vamos a ver, querida Juana, tenemos apenas un cuarto de hora, y no hay tiempo para una querella y una reconciliación. ¿Quieres que empecemos por el fin? En el fondo, ya sabes que te amo.