La pobre miss era incapaz de resistir a la inflexión tierna y acariciadora de aquella voz burlona de ordinario, y suspiró, mas que dijo, levantando hasta él los ojos llorosos:

—¡Ay! no pido más que creerte.

—Y yo no te pido más que un poco de paciencia, niña querida. No comprendes las dificultades de mi situación, que es muy sencilla sin embargo. No tengo patrimonio personal, o muy poco. Estoy, pues, obligado a grandes precauciones y tengo que contar, no sólo con mi madre, sino con mi tío, y no violentar las cosas, en el mismo interés de este caballero.

—No reclamo para él más que tu nombre.

—El nombre haría muy mal papel sin la fortuna, amiga mía.

—Lo poco que yo tengo...

—Lo poco que tú tienes podría apenas bastar para tu hijo, pero de ningún modo para el vizconde de Candore. Sé, pues, razonable, te lo ruego, y ten confianza en mí como yo en ti. ¿Piensas que te dejo con gusto, joven y bonita como eres, expuesta a todas las tentaciones del aislamiento?

—Yo no estoy sola.

—¡Bah!... ¿Crees que este es un guardia de corps suficiente?

Se echó a reír jugando con el pequeño, que acababa de despertarse y trataba de cogerle el bastón.