Medio tranquila, la madre sonreía ante este gracioso espectáculo.

De repente una campana de a bordo llamó a los pasajeros retrasados e hizo palidecer a la pobre Juana, que vaciló en el brazo de su compañero.

—¡Ea! adiós, querida mía—dijo Raúl separándose suavemente.

—¿Adiós?

—No, hasta la vista. ¡Qué purista eres!

—Dale un beso, Raúl...

—Por supuesto; más bien dos que uno.

El joven rozó con su rubio bigote la frente sonrosada del niño.

—Ahora a la mamá, dijo.

Juana se acercó a él y dijo estremeciéndose.