Por fin todo desapareció, y, desagradablemente impresionado por esa vista y por las últimas palabras de Juana, Raúl se puso a pasear por el puente lleno de gente y se esforzó en vano por ahuyentar el malestar que le causaba aquella despedida profética.
Pero pronto dominaron su ligereza y su escepticismo, y encogiéndose de hombros murmuró:
—¡Bah! amenazas de mujer.
Raúl olvidaba a la madre...
Fue aquel para la de Raynal un período de alivio y de calma. Fuese por la distracción, por el cambio o por el aire vivificante y saludable, nadie hubiera conocido a la agonizante de la víspera, de movimientos cansados, mirada muerta y piernas inertes en la intrépida paseante que se veía con frecuencia en la «Brecha de los Ingleses», en el jardín de la «Villa Blanca», en el casino de Granville y en la playa de Saint-Pair.
En efecto, poco sensible a las bellezas de la naturaleza, la indolente criolla, que no hubiera dado dos pasos para admirar el más maravilloso paisaje, no retrocedía ante media legua para ir a ahogarse en una sala de concierto escuchando a algún cantante parisiense mientras protestaba llena de convicción:
—Es por ti, hija mía, exclusivamente por ti. Es preciso que te distraigas y no te encierres en una alcoba de enfermo.
Liette no regateaba nada de esto; era muy feliz. Después de las mortales angustias que acababa de pasar, su corazón se dilataba con esta nueva esperanza:
—¡Dios me conservará mi madre!
—Bien puedes dar las gracias a ese buen don Raúl decía la enferma;—sin él, nunca me hubiera decidido a semejante viaje.