No era necesario recordárselo; demasiado pensaba en ello Julieta. El pensamiento de la criatura se mezclaba involuntariamente al del Creador en sus acciones de gracias.

Así fue que el día en que vieron desembarcar al conde entre los pasajeros que venían de Jersey experimentaron más alegría que sorpresa, hasta tal punto le tenían presente en la memoria.

El joven, por su parte, hizo un gesto de vivo placer en cuanto las vio y dijo acercándose a ellas con la maleta en la mano:

—No esperaba la buena fortuna de encontrar a ustedes al llegar al puerto. Cuento, sin embargo, con que no creerán ustedes que hubiera esperado a mañana para ir a presentarles mis homenajes y a pedir noticias de mi enferma... que veo que son buenas a juzgar por su cara.

—¿Verdad que sí?—dijo vivamente Liette radiante;—mamá está mucho mejor, gracias a Dios.

—Y a usted, querido don Raúl—añadió aturdidamente la viuda;—no nos cansamos de repetirlo.

Raúl no recogió la frase, pero tomó nota de ella con íntima fatuidad.

—Le creíamos a usted en Londres—dijo la joven para cambiar de conversación.

—Allí estaba, en efecto, la semana pasada; pero he hecho un rodeo para visitar esa famosa isla de Jersey que los ingleses consideran como la octava maravilla del mundo por la única razón de que tiene el honor de ser inglesa, y también para comprobar el efecto de mi receta, pues sabe usted, señora de Raynal, que pretendo ser su médico de cabecera.

—Entonces, doctor, la curación le hace a usted honor. Me encuentro perfectamente bien con sus consejos.