—Sin embargo, ¿no es un poco imprudente el venir tan lejos?
—No, tomamos un coche...
—¿Uno de esos horribles armatostes?—dijo el conde haciendo un gesto ante las muestras del género alineadas en la plazuela.—Deben de tener peor movimiento que el barco...
—Usted lo verá acompañándonos a la Villa Blanca, donde le haremos los honores.
—Con mucho gusto, querida señora, en cuanto deje la maleta en el hotel de Francia, donde he tomado una habitación.
—¡Cómo! ¿Piensa usted alojarse en Granville?
—Eso no me impedirá ir con frecuencia a Saint-Pair si ustedes me invitan...
Liette dejó ver una sonrisa de aprobación; le gustaba la delicadeza del joven y la elogiaba. Raúl dejó a las dos señoras en la «Brecha de los Ingleses» y les pidió permiso para ir a mudarse de traje mientras ellas oían la música, prometiendo venir a buscarlas a las cinco para ir a acompañarlas a su casa.
Su ausencia, no muy larga, no fue perdida para él, pues la de Raynal no cesó de prodigarle elogios.
—¡Qué encantador caballero! Tan sencillo, tan amable, tan respetuoso con las señoras... Enteramente como tu pobre padre, hija mía.