Liette no pensaba en interrumpirla, dulcemente mecida por aquellas palabras acompañadas muy bajito por una melodía de Gounod.

A la hora convenida apareció el joven guiando una «Charrette» inglesa tirada por un «poney» muy pacífico, según afirmó Raúl.

—Permítame usted que sea su cochero durante mi corta estancia aquí, querida señora; me comprometo a no volcar.

La buena señora estaba radiante. Volver a Saint-Pair en aquel bonito carruaje y en tan elegante compañía era una de esas satisfacciones de vanidad pueril que halagaban más que nada a su frívola cabeza.

Dio señales de agradecer mucho la atención, y cuando se pararon en la verja dijo al joven:

—Si no tiene usted miedo de una cocina de enferma, le pediré que participe de nuestra comida.

Raúl buscó la autorización de aceptar en la clara mirada de Liette...

—Ya conoce usted los talentos culinarios de Mariana.

El joven aprovechó esta aprobación indirecta, y un instante después estaba instalado debajo de la cubierta de cristales, al lado de la viuda, que le contaba los chismes de la playa, escuchados por él con resignación ejemplar, mientras Liette, improvisándose cocinera, confeccionaba un plato de dulce para las circunstancias.

Fue aquella una velada deliciosa. En aquel marco tan bien hecho para ella, Raúl, sensible como todos los refinados a las delicadezas exteriores más que a las del alma, encontraba un nuevo encanto a la modesta empleada de Correos, cuyas vulgares funciones olvidaba entonces por completo.