Además de la célebre peregrinación de Santa Ana de Auray, hay así numerosos santuarios sembrados a todos los vientos en aquella tierra de fe cándida, reputaciones de campanario muy reducidas hoy gracias a los billetes de ida y vuelta que permiten a cualquier peregrino ir a contemplar al mismo tiempo el Sagrado Corazón y la torre Eiffel, como lo hace constar melancólicamente el delicioso autor de «Colás, Colasse et Colette».

Sin embargo, la capillita en cuestión tenía aún sus fieles, escasos, pero tenaces; aldeanas viejas apegadas a las antiguas costumbres como a las antiguas modas, y que iban a quemar un cirio por la curación de alguna enfermedad, rudos pescadores que en la tormenta han puesto su confianza hereditaria en la Virgen que acogía los votos de sus padres, y jóvenes prometidos, supersticiosos como todos los enamorados, que van a encender dos cirios juntos cuya llama más o menos viva es el símbolo de su amor.

A Liette le gustaba aquel rincón, poético vestigio del pasado que se armonizaba mejor con sus inocentes prácticas que el cuadro moderno de las iglesias parisienses. Todos los días iba a rezar por su querida enferma y mientras se consumía lentamente el cirio ofrecido por ella, la joven sentía poco a poco amortiguarse su dolor y disiparse sus temores, ahuyentados como por un aletazo del pájaro místico de la esperanza, refugiado en el más pobre tabernáculo.

¡Hace tanta falta creer y esperar cuando se sufre!

Liette se sentía aquella tarde cansada, triste y oprimida; una angustia indefinible se había apoderado de ella y las primeras sombras del crepúsculo, que ensombrecían la capilla helada aumentaban su malestar inexplicable.

Arrodillada en el fondo del santuario vacío, en el que dormitaba la vendedora de cirios, permanecía inmóvil y con el corazón oprimido.

¿Por qué?

Su madre no estaba peor, al contrario, sus fuerzas parecían renacer y la anciana volvía a la vida.

Entonces...

¡Su madre! ¿No era su única preocupación y su único cuidado?