—¡Dios mío, consérvame a mi madre!—repetía, tratando en vano de absorberse en la oración.
Pero esa oración maquinal no le devolvía la calma, ni el reposo ni la paz...
¿Qué tenía?
En la puerta aparecieron dos sombras; eran dos prometidos.
Ambos avanzaron tímidamente, él dando vueltas al sombrero, y ella echando una mirada furtiva a la parisiense. La guardiana, arrancada a su sueño, sonreía con malicia mostrando sus cirios. Los novios eligieron dos del mismo largo, los encendieron juntos gravemente y los colocaron en el altar.
Después, cogidos de la mano, se quedaron silenciosos y recogidos, con los ojos fijos en aquel frágil emblema de su amor.
Y cuando la mecha se carbonizaba, cuando la cera corría mal, eran de ver sus frentes sombrías y sus pupilas mojadas. La operación fue larga aunque los cirios eran modestos, pero los novios esperaron paciente y pasivamente siguiendo las etapas de su común destino...
Un chisporroteo... Una llamarada más viva...
El cirio del mozo se apagó el primero.
—Mejor; así no te veré morir—exclamó con una especie de alegría egoísta.