—Mejor; así estaré allí para ayudarte a morir—suspiró dulcemente la novia, cuya cándida abnegación brillaba bajo la cofia blanca.
Y se fueron en la paz de la radiante tarde, cogidos del brazo...
Liette ocultó la cara entre las manos y lloró.
—¡Valor, Liette!
No había dicho aquello la tierna voz paternal, pero sí otra voz también muy tierna.
Raúl estaba a su lado.
¿Había sorprendido aquella escena conmovedora que alteró el corazón de la pobre niña como una repentina revelación? ¿Adivinaba lo que hacía correr sus lágrimas? ¿Leía en sus ojos húmedos el secreto de su emoción?
La joven se levantó sobresaltada para esquivar su mirada y fingió estar distraída en la elección de un cirio, que encendió y puso en el sitio del de la bretona.
Después volvió a su banco y se arrodilló, con la cabeza entre las manos.
Cuando se levantó dejó escapar una exclamación; dos cirios estaban ardiendo juntos, y, como los dos novios de hacía un momento, Raúl, arrodillado al lado suyo, murmuraba a su oído: