El plazo había ya expirado.
Aquel día, al acabar de comer, Raúl pidió bruscamente a su madre el favor de una entrevista particular, decidido a quemar sus naves.
Blanca, que contaba con él para una partida monstruo de tennis organizada con una colonia americana compuesta de jugadores de mérito, hizo una linda mueca de despecho.
—Otra vez me das esquinazo... Tu «amabilidad» empieza a pesarte. Ya nos has dejado a mamá y a mí ir solas a Jersey... Y tú te lo has perdido...
—¿Por qué?
—Porque hubieras encontrado a una antigua amiga, que tenía el privilegio de excitar tu elocuencia a falta de tu admiración... miss Dodson, y miss Dodson sin anteojos.
Aunque preveía la alusión, la frente del joven se obscureció con una sombra.
—¡Estás loca, Blanca!—dijo la condesa ligeramente contrariada por esa salida intempestiva.
—No, mamá, te aseguro que he conocido muy bien de lejos a mi antigua institutriz conduciendo un cochecito de niño.
Esta vez Raúl palideció a pesar suyo.