—¡Pobre muchacha!—dijo Neris con interés.—¿Estará reducida al papel de niñera?

La de Candore, que no quitaba los ojos de su hijo, notó su visible turbación y su frente se arrugó con un fruncimiento imperceptible.

—¿Vas a acompañar a Blanca, hermano?

—Ciertamente, querida Hermancia. ¿Vienes, pequeña?

Blanca presentó la frente a su madre y dijo a Raúl amenazándole con el dedo:

—A ti no te doy un beso.

Pero como era incapaz de un enfado prolongado, cambió de parecer al llegar a la puerta y dijo con gracioso aturdimiento lanzándose a abrazarle:

—Ya me desquitaré mañana; te confisco por todo el día.

—Aprobado—respondió Raúl alegremente.

Mientras la joven se echaba a correr para alcanzar a su tío, la condesa se dirigió a la cubierta de cristales seguida por el diplomático, que iba mascullando su exordio.