—¿Tienes que hablarme, Raúl?—dijo la condesa.—¿Qué quieres? Yo también tengo que decirte algo.
—Entonces, tú la primera—respondió cortésmente el joven, interesado en aprovechar el menor plazo, aunque un poco alarmado por el tono de su madre.
—Como quieras.
La condesa se recogió un momento y dijo:
—Es un asunto delicado, extremadamente delicado... del que hubiera deseado no hablar todavía contigo... Pero hay en esto para mí un caso de conciencia... En una palabra, se trata de tu excesiva familiaridad con Blanca...
—¡Blanca! mi hermana...
Raúl que hacía un momento estaba literalmente sobre ascuas, miró a su madre con verdadera estupefacción... ¿Estaba en su juicio?... ¿Sabía él mismo lo que había oído?
—Blanca no es tu hermana—dijo gravemente la noble dama.
—¡Que no es mi hermana!... ¿Qué es entonces?
—Mi sobrina y tu prima.