—¿Cómo es eso?

—¡Diablo! su padre le dejará naturalmente toda su fortuna.

—Es muy probable—murmuró el conde mordisqueándose nerviosamente el bigote.

Dio unos paseos en silencio, y dijo parándose delante de su madre:

—¿Y yo, entonces?

—No dudo que, como agradecimiento, mi hermano te dejará...

—Un hueso que roer. ¡Vaya una ganga!

—¡Raúl!

—¡No, verdaderamente, es inicuo!... Se me deja crecer con una esperanza quimérica y comprometer, acaso, mi porvenir, y, de la noche a la mañana, todo se viene abajo como un castillo de naipes y se me deja reducido a una medianía que no es siquiera dorada.

Impotente para devorar su amarga decepción, pisoteaba rabiosamente la estera de China que cubría el suelo.