—Vamos a ver, mamá, debe de haber algún medio...

Por los delgados labios de la condesa se deslizó una imperceptible sonrisa. ¡Qué bien conocía a su hijo y qué bien le había llevado insensiblemente al punto preciso en que le quería!

—¡Un medio!... No veo más que un buen matrimonio, al que tu nombre te da derecho a aspirar. En cuanto a la herencia de tu tío, no hay que pensar en ella, y es posible, por otra parte, que de aquí a entonces Blanca tenga un marido que cuide de sus intereses...

—¿Crees que, en su posición, se casará fácilmente?

—Sí y no, amigo mío; es una muchacha encantadora y bien educada, a la que la madre más exigente será dichosa en tener por hija. Sin embargo, aunque cubierta por mi tutela de un barniz de respetabilidad, ciertas familias... timoratas... tendrían ciertos escrúpulos. Pero, en suma, no le faltarán pretendientes aceptables y más de un noble arruinado, aficionado a la buena vida, querrá dorar su blasón gracias a la generosidad asegurada de su suegro.

—Blanca no consentirá en casarse con el primero que se presente; quiere un marido...

—Que se parezca a ti; lo dice muy alto.

Fue esto dicho negligentemente y sin la menor intención aparente, pero el tiro había dado en el blanco. Raúl aguzó el oído, y dijo tratando de leer en el pensamiento de su madre:

—¿Decididamente, no tienes ninguna idea?

—Dios mío, no, ni sombra de una... Pero acaso la tendré más adelante... Por otra parte, busca por tu lado. ¿No eres diplomático?