Raúl hizo un gesto de mal humor, pero sabía por experiencia que la condesa no entregaba nunca por entero su pensamiento y que él usaría en vano todas las astucias de su diplomacia. Así, pues, dijo levantando el sitio:
—Te doy las gracias por tu confianza y tus consejos, mamá. Pensaré en todo esto.
—Pero tú, hijo mío, ¿no tenías una confidencia que hacerme?
Raúl sufrió un estremecimiento significativo.
¡Liette! La había olvidado. Además la situación no era ya la misma...
Y respondió balbuciendo avergonzado y confuso:
—Nada, mamá, una pequeñez...
Raúl se subió a su cuarto.
Era una gran pieza clara y alegre, con anchas ventanas, una de las cuales daba al mar y la otra al campo. Por un lado el movimiento y el ruido de la playa, el murmullo cadencioso de las olas, las canciones de las lavanderas al depositar la ropa en las rocas, las risotadas de los bañistas y las locas carreras en la marea baja por la inmensa sábana de arena franjeada de plata; y por el otro la calma y el reposo de los campos, las frondosas laderas y el camino solitario en el que raros transeúntes ponían una sombra de vida, mientras que la capilla con sus muros grisáceos, su puerta baja y sus barrotes en cruz, parecía, al contrario, un monumento funerario.