—En verdad, hija mía, tienes poca confianza en tu madre—dijo en tono de despecho.—¿Quieres esperar a que esté muerta?

—¡Oh! mamá...

—¿Crees que no veo claro? ¿Por qué dejarme marchar en la duda?

—¡Madre mía!...

—Eres una ingrata, una mala hija... Después de lo que he hecho por ti, me niegas este último consuelo... ¿Es esto caritativo?

La anciana se agitaba, presa de una excitación febril y balbucía palabras entrecortadas.

Liette vacilaba...

Ciertamente, muchas veces, en su desesperada angustia, había estado a punto de ceder a la irresistible necesidad de expansión, natural en el que sufre y quiere ser consolado. Y siempre la palabra había expirado en sus labios...

¿Para qué?

¿Para qué introducir la turbación y la alarma en aquella apacible agonía? ¿Para qué confiarle la tímida esperanza que reprobaba su razón? ¿Para qué dar alimento a las quimeras que poblaban la imaginación exagerada de la ardiente criolla, tan llena de castillos en el aire?