A pesar de su ternura y su respeto, Liette conocía demasiado a aquella niña vieja y frívola para pedirle el sostén y el apoyo moral necesario en las horas de desfallecimiento. Su madre atizaría el fuego con mano inconsciente en vez de apagarlo, y Liette, sin fuerza ya para luchar contra ella misma, veía que no podría resistir al contagio del espejismo.
¿No valía más esperar?
Pero ¡ay! ¿esperaría la muerte? ¿Era filial aquella prudente reserva?
Liette cayó de rodillas.
—Perdona, madre querida; quería ahorrarte una decepción probable...
—Pronto, cuéntamelo todo... ¿Te ama?
—Así me lo ha dicho.
—¿Y escrito también? Por eso recibías tantas cartas de Granville...
La anciana se reía maliciosamente, muy orgullosa por su perspicacia.
—¡Oh! dos solamente, y no las he respondido.