—Pues yo sí lo hubiera hecho... En fin, trae...

Trató de leer, pero en vano, y dijo con un gesto de cansancio:

—No veo; lee tú, hija mía.

Liette obedeció, y, con voz sorda pero en la que vibraba una emoción mal contenida, volvió a leer aquellas líneas ardientes y apasionadas, frases huecas cuyo vacío no podía sospechar su alma leal.

La moribunda estaba encantada y escuchaba con sonrisa de triunfo en los labios.

—¡Bien! ¡Muy bien!—decía.—¡Pobre muchacho! ¡Cómo te ama! Sigue, sigue.

Y al acabar la lectura, exclamó:

—¡Querido niño! Muestra un entusiasmo, un ardor, una constancia, a pesar de tu frialdad... Porque, realmente, hija mía, no sabes animarle... ¿No le amas?

—¡Ay! sí...

—¡Entonces!... ¿Cómo puedes permanecer así, plácida e indiferente?... ¿No tienes fe?