—¡Oh! mamá querida...

Asustada por la exaltación de su madre, Liette se esforzaba en vano por calmarla. En aquella pobre cabeza agotada sonaban todos los cascabeles de sus locas quimeras. La anciana divagaba con delicia y hablaba del matrimonio, de la ceremonia, de los trajes...

—¡Con cuánto gusto lo vería!—suspiraba.

Dudar del consentimiento de la condesa era para ella una locura. Si hacía esperar su petición, era que quería venir en persona...

—Estoy segura de que está en camino; lo adivino, lo siento...

...La puerta se abrió... Y la anciana volvió la cabeza estremeciéndose...

Pero no era más que el tío Marcial, que venía a hacer amablemente el servicio de la oficina.

—Una carta para usted, señorita; de Granville.

¡Al fin!

Liette desgarró el sobre con mano temblorosa.