—¡Le ama tanto la pobre niña!... ¡Hubiera sido tan desgraciada!... ¡Y está tan poco acostumbrada a sufrir!

—Mientras que usted...

—Yo tengo la costumbre—respondió Liette con su hermosa sonrisa de resignación.—¡Ah! si Dios hubiera querido siquiera dejarme a mi madre! Pero no tengo ni un niño a quien amar...

El notario dobló metódicamente las gafas, las puso en el estuche y dijo, después de haber tosido para aclararse la voz:

—Señorita, tengo que protestar ante todo contra la interpretación errónea de unas palabras en el aire, que no se referían a usted ni al señor de Candore... Si hubiera sospechado ni remotamente la simpatía con que usted se digna honrarle, me hubiera cortado la lengua antes que expresar la menor apreciación desfavorable. Hágame usted el favor de hacerme la justicia de creerlo. Usted no es de las que queman lo que han adorado. Olvide usted, se lo ruego, una torpeza involuntaria que deploro sinceramente. Pero lo que no puedo deplorar es la noble confianza que se ha servido usted manifestarme y que realza todavía mi respeto y mi admiración hacia usted. Es usted valiente entre las valientes y estoy orgulloso de tener alguna parte en su amistad, que le suplico me conserve preciosamente. Si esa amistad llegase a ser un día bastante grande y la soledad pesase a usted demasiado, recuerde, señorita, que mi despacho es su vecino más próximo y que nunca hará usted a su dueño más feliz que dignándose entrar en él... y no salir más. Esto es todo lo que tenía que decir a usted. Conste. De hoy en adelante esperaré su buen deseo.

Vuelto a su casa después de esta declaración un poco original, el digno notario se sentó muy pensativo en su escritorio.

—¡También ella!—murmuró con un poco de despecho.—Una inteligencia tan superior dejarse coger por las vulgaridades de ese belitre... ¿Qué tiene ese hombre de particular?

Como una irónica respuesta, el espejo de la chimenea le envió la imagen de su cráneo calvo y de sus patillas canosas, y el notario exclamó con cómico furor encogiéndose de hombros:

—Pardiez, lo que tiene son veinte años menos. ¡Oh! la juventud, la juventud...

Ahogando un gran suspiro, cogió de la taquilla una carta de sello británico y la leyó moviendo la cabeza.