Liette le escuchaba muy grave y llena de aflicción y de sorpresa. ¿Cómo había el notario adivinado su secreto? ¿Cómo olvidaba la reserva y la delicadeza de su carácter y de su profesión hasta hacer aquella alusión ofensiva?...

La joven, pues, le respondió fijando en él su clara mirada:

—Podría fingir que no le comprendía a usted, caballero, y si no se tratase más que de mí le respondería, ante su interés oficioso e inexplicable, que no se fuerza mi confianza... Pero no puedo dejar pasar una acusación mal fundada contra una persona a quien estimo y a quien amo.

El notario levantó los brazos al cielo con una estupefacción demasiado vehemente para ser fingida.

—¡Usted ama al señor de Candore! ¡Usted! ¡Usted!

—Le amaba como él a mí, más que a mi vida, pero menos que a mi honor, y, lejos de sustraerse a sus juramentos, que yo por otra parte no había ratificado, vea usted la carta que me escribió la víspera de sus esponsales. Lea usted, se lo ruego.

Aturdido, el notario obedeció maquinalmente.

—¡Bah!—dijo,—la conocía a usted bien, y no tengo que preguntar a usted qué respuesta le dio. No es usted de las que hubieran hecho valer derechos imaginarios...

—No tenía ninguno, y, por otra parte, los de la familia hubieran sido antes... Además, mi querida Blanca...

Su voz se quebrantó.