Encerrado mientras tanto en su habitación, Herrlin se entregó a un desordenado paseo, y terminó arrugando de un puñetazo el primer volumen de la Geográfica, de Strabon, en la correcta edición de Kramer, Berlín, 1844.

«¡Que doce mil quinientos diablos los utilicen para calentarse los pies en pleno rigor del estío infernal!», dijo, refiriéndose a las ciencias históricas y geográficas.

E hizo el voto de no transgredir jamás los límites de la bacteriología.

Aunque las tramitaciones se prolongaron varios días e intervinieron en ellas el canciller, el ministro de Agricultura, Simón Camilo Sánchez y el jefe de Policía, además de los cuatro padrinos, Augusto Herrlin salió bien librado. No le dejaron batirse, y tuvo que contentarse con firmar una declaración pública en la que enunciaba su afectuoso respeto por la madre patria, y en la que Strabon, Plinio y Cátulo aparecían como tres panfletistas que hubiesen escrito bajo las pasiones de la guerra de la independencia americana. A despecho de los usos caballerescos, el profesor sueco consintió en entregar él mismo aquella nota a los padrinos de su adversario.

Estos fueron a recogerla al Instituto en momentos en que Herrlin, con un ojo aplicado al tubo de un microscopio, veía abrirse un esporo de su cocobacilo con el regocijo del que advierte la primera sonrisa de su primogénito.

Uno de los redactores de El León de Castilla, indignado por los arteros recursos del profesor sueco para vencer a los conejos, le dijo a modo de despedida:

—¡Nosotros los castellanos, señor profesor, matamos los conejos frente a frente!

CAPITULO XIV
LA SEPTICEMIA DE HERRLIN

A la inauguración del Instituto Modelo de Bacteriología Agrícola siguió, pocas semanas después, la creación de la Junta Fiscalizadora Honoraria de los trabajos en contra del conejo, que debía informar sobre las investigaciones científicas del profesor Herrlin. Componían esa Junta el indispensable Simón Camilo Sánchez, varios altos funcionarios y el doctor Aníbal Gaona, ex magistrado, ex ministro, ex vocal del Consejo de Educación, ex embajador, etcétera, etc.

El doctor Gaona era la persona de mayor prestigio del país. Su reputación de integridad no podía ser igualada por nadie, porque nadie como él había firmado siempre en disidencia en los acuerdos de las Cámaras de apelaciones, ni había renunciado tantos ministerios a los pocos días de aceptarlos como una solución nacional, ni había sufrido un número mayor de injustas derrotas en los comicios. Su designación fué acogida con aplauso por todo el mundo y señalada como un indicio de que el Gobierno estaba irrevocablemente resuelto a llevar adelante la campaña leporicida.