—No es usted el indicado para pronunciarse a ese respecto—replicó severamente uno de los padrinos.

—Si no he hecho mas que recoger todos esos datos en las fuentes históricas...

—Aunque los hubiese bebido usted en la Cibeles—repuso airadamente el otro padrino—. ¿Cree usted que cuadra a los héroes de Somorrostro el pedir socorro a las legiones garibaldinas para defenderse de una plaga de gazapos? Paparruchas, hombre, paparruchas. Ni aunque lo dijesen Ramón y Cajal y Menéndez y Pelayo...

—No conozco a esos cuatro señores—contestó pacíficamente el sabio—; pero puedo mostrarles ahora mismo el pasaje del libro III de la Geográfica, de Strabon, en que se refiere el hecho. Tengo a mano la edición de Kramer, Berlín, 1844-47, ejecutada sobre el Códice de París, 1393, que si ustedes quieren pueden confrontar con la traducción francesa de M. Amédée Tardieu, París, 1867-94. Pongo esos libros a la disposición del señor Pérez de Manara...

—Nosotros, señor profesor, hemos venido a desafiar a un hombre, no a una biblioteca...

Indiferente a los arrebatos de los dos representantes, el privat docent intentó entrar en una larga disertación para demostrar que el reconocimiento de la veracidad histórica es compatible con el respeto a las naciones. Pero a cada argumento ambos padrinos dábanse sendos golpes en el pecho y exclamaban a coro:

—¡Somos castellanos!...

—¡Y yo soy sueco!—dijo al final, ya amoscado, el profesor de Upsala.

—No sólo lo es usted, sino que se lo hace—enunció el primer padrino.

Por el tono, Herrlin advirtió que esa frase tenía un sentido injurioso. Cortó resueltamente la conferencia, y rogándoles a los enviados de Pérez de Manara que aguardasen un instante, se dirigió al comedor con las facciones demudadas por la ira. Llamó aparte a don José María de Inclán-Zavaleta y al mayor de los estudiantes de Medicina, y poniéndolos rápidamente al corriente del asunto, les designó como representantes suyos. Los dos aceptaron, trasladándose a la sala, donde el cuarteto de padrinos comenzó a deliberar.